★★★★★ (10/10)

La cualidad del cine es que siempre nos habla desde el presente. Pero el mérito de Cría Cuervos es que nos habla desde un presente desdoblado. No importa si lo que sucede es real o imaginario sino el efecto que produce en el espectador. Ana es un personaje doble, la niña y la adulta, dialogando con nosotros y consigo misma. Una interpretación, a la vez objetiva y subjetiva de lo que significó el franquismo en España, su nacimiento, expansión y muerte, y a la vez, una historia familiar íntima. A primera vista,  dos universos distintos, pero en su acercamiento, interdependientes. La niñez expuesta en toda su complejidad, vista a través de un prisma que deforma lo acontecido,  impregnando todo con un halo de misterio. Para Ana, la niñez duele, y el dolor físico de su madre en el clímax de su enfermedad es también dolor intangible en la niña que ahora es mayor, y se asemeja a su madre. Por eso en varias escenas el presente se llena de fantasmas que conviven con el vacío que dejaron sus cuerpos al morir, los sueños se prolongan en la vigilia, siendo el despertar sólo un acontecimiento menor en toda la secuencia onírica. La imaginación de los niños crea pero la realidad supera cualquier tipo de creación. En ese devenir se irá moldeando la personalidad de Ana, una niña introvertida, huérfana desde temprana edad. El personaje fundamental que merodea la película y aparece pocas veces es el padre, la figura de la represión y la ausencia, la personificación del deseo sexual y también de la muerte. Una película recomendable de ver y apreciar directamente y sin preconceptos, tal como si fuera vista por un niño.

Por Hernán Touzón

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