#962. Nueve Reinas (Fabián Bielinsky, 2000)

★★★★ (8/10)

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La ópera prima de Bielinsky es arquitectura del engaño por medio de un arte mentiroso en sí mismo. Godard afirmaba que la fotografía es verdad y el cine es verdad veinticuatro veces por segundo. Como si llegara con ansías de desmentir al director de Alphaville (1965), Bielinsky vuelve nulas sus palabras entregando una obra que es todo lo contrario a lo dicho por Godard. Dentro del arte de la mentira Nueve Reinas es mentira veinticuatro veces por segundo. ¿Cuál es el truco especial de esta película? El mismo de cualquier mago experto: la ilusión de naturalidad. Solo que en vez de un conejo y una galera, el director hace uso de los actores y de la trabajosa perfección de sus diálogos, los cuales brindan la sensación de realismo y el desencadenamiento natural de acciones y situaciones de la historia. Como en todo truco de magia, el púbico sabe que está siendo manipulado (de no ser así en principio no iría al show así como el espectador de cine no asistiría a la función), se les muestran los trucos, el proceder del ilusionista y su asistente (en este caso Ricardo Darín y Gastón Pauls o viceversa) y sin embargo también es conocedor de que algo de la fórmula se le está escapando a plena vista. Todo ello no impide que al llegar a la conclusión final del relato el asombro haga acto de presencia.

El director utiliza el recurso del punto de giro final que a comienzos de la década pasada pareció enloquecer a todos los realizadores que empezaron a explotarlo hasta el hartazgo como si lo acabaran de descubrir desde la, por entonces, innovadora The Sixth Sense (M. Night Shyamalan, 1999). Y es allí donde entra otra de las bases que sustenta al film: el género. La construcción del relato, la forma de resolverlo y varios de sus personajes aluden a unos cimientos claramente Hollywoodenses (y más de un punto de comparación con el film The Sting de 1973). El nivel de desarrollo narrativo se mantiene, aún hoy en día, a un nivel superior al de la mayoría de obras cinematográficas de origen argentino y podría ser acusado de no poseer dicho origen por una cuestión de querer asemejarse a una obra norteamericana, lo cual no sería cierto ya que los mismos estudios de Hollywood quisieron parecerse sin éxito con la remake Criminal (Gregory Jacobs, 2004). Esa cercanía a realización extranjera funciona como uno de los puntos de atracción pero no lo es todo, en su interior el director guarda un as bajo la manga: El costumbrismo argentino.Parte de lo urbano (la ciudad, los ruidos que rodean a los personajes), del modo en que están construidos los diálogos y los modismos con los cuales se expresan, de los estafadores que no visten gabardinas y juegan al poker con un arma debajo de la mesa sino que se visten como cualquier persona que se cruza por la calle   y hacen, al igual que un director, que el acto de la mentira, las trampas y los engaños sea su sustento en ese tan identificable mundo de los estafadores del día a día (claramente explicado en un veloz montaje de actos delictivos mientras se enuncian los diferentes términos para designar a un ladrón). En definitiva le aporta lo que a muchos otros films de este estilo les falta para lograr una mayor empatía para con el espectador, le brinda una identidad. El carisma de quien brinda el espectáculo y logra que quien ya lo haya visto se encuentre tentado a ver nuevamente la función.

Por Nicolás Ponisio

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