★★½ (5/10)

Jean Pierre Leaud interpreta a un mujeriego descarriado de las obligaciones sociales: no trabaja, ni parece querer hacerlo nunca. Por fuera es un hombre, pero más bien se podría decir que tiene la sensibilidad de una mujer. La película empieza y termina con la misma escena, Leaud pidiéndole a una mujer que se case con él. Al final, luego de tortuosas 3 horas y media de monólogos cargados de solemnidad y pedantería, Leaud logra su cometido. Leaud encuentra en el casamiento, su liberación (vaya paradoja).

La película no tiene nada de cinematográfico, más bien todo lo contrario. Cualquier recurso técnico es completamente prescindible (trabajo sobre la temporalidad a través del montaje, diseño de sonido, iluminación). La película es chata desde lo visual (un blanco y negro poco atractivo) pero está cargada de contenido moral. En el fondo, es una película sobre el pasado, principalmente sobre el mayo francés de 1968, en donde se evidencian, ejemplificando con los personajes que conforman la historia, los sueños rotos de aquella utopía. Pero nunca queda claro de qué lado se para el director, el mensaje final es ambiguo y poco preciso. ¿El director plantea la imposibilidad de sus personajes de obrar según lo que piensan? O, por el contrario, ¿está mostrando como el obrar modifica lo que pensamos sobre nuestras vidas? Está claro que esa ambigüedad moral está buscada, pero el espectador queda encerrado en esa suerte de paradoja, imposibilitado, al igual que los personajes, de encontrar respuesta.

Por Hernán Touzón

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