★★★½ (7/10)

Experiencia fílmica que desborda creatividad por doquier (exceptuándola un poco argumentalmente) y que al día de hoy, casi medio siglo después de su realización, logra causar un efecto sorpresivo en el espectador que ni la mayor experiencia psicodélica puede llegar a ofrecer. Su directora, Věra Chytilová, perteneció a la llamada Nouvelle Vague checoslovaca y fue, junto al reconocido Milos Forman entre otros, una de los mayores exponentes del movimiento cinematográfico a principio de la década del sesenta. Chytilová, como bien demuestra, hizo uso de su lado más surrealista. El film nos presenta a dos jóvenes muñecas (literalmente ya que en la primera escena cada movimiento corporal es rígido y está acompañado por un sonido chirriante) que mediante un breve diálogo llegan a la conclusión que el mundo está corrompido y por lo tanto ellas también. Por consiguiente, ambas chicas pasarán a mantener (o al menos intentarlo) una actitud acorde al mundo en el que viven. Sin embargo, dicha actitud, anárquica si se la quiere, que va en contra de lo correcto y lo establecido solo se verá representada a través del buen uso de la experimentación visual. Esto se debe a que el proceder rebelde que comparten las amigas es completamente infantil, limitándose a actuar tomándole el pelo a citas que las invitan a cenar, yendo a clubes nocturnos para molestar a la gente o irrumpir en mansiones para comer y jugar a la guerra de comidas convirtiendo la habitación en un completo desastre. Después de todo están jugando y no hacen más que reafirmar su estatus de muñecas establecido en un principio. A la vez parecen representar y vivir una suerte de espíritu punk que no nacería hasta mediados de la década siguiente. Viven a su manera, no acuden a marchas o denuncias para luchar contra movimientos políticos o sociales sino que encuentran la manera de expresarse con sus propios medios y conceptos. Si bien los actos de las protagonistas son demasiados naif, la directora al igual que ellas encontraría en el cine una mayor libertad de expresión a través de las herramientas técnicas. La experimentación visual del film lo convierte a éste en un collage gracias al delirante despliegue en conjunto de fotografía y montaje. Tonos monocromáticos que pasan a vívidos colores, partición en múltiples pedazos de la imagen, cambio de sentido de las tomas o el provocar desorientación al montar una escena que varía constantemente de estar en espacios cerrados del set a exteriores. Es una frenética (des)composición de los límites cinematográficos que busca, por momentos excesivamente, expresarse provocativamente. Hay quienes lo toleren y quienes no, quienes lo vean como un completo sin sentido y quienes hallen el valor del caos dentro del caos mismo del film, pero si hay algo seguro es que para todos ellos Sedmikrásky no pasará desapercibido.

Por Nicolás Ponisio

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