OFFTOPIC. The Hobbit: The Desolation of Smaug (Peter Jackson, 2013)

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★★★★½ (9/10)

El espíritu aventurero invade por completo la pantalla y narración de The Hobbit: The Desolation of Smaug. Después de una primera entrega que dejó mucho que desear (exceptuando sus últimos cuarenta minutos) no tenía tantas expectativas con esta segunda parte. Mi error, lo acepto. La solemnidad, las caminatas interminables y los diálogos con refrito de personajes son dejados de lado para meterse de lleno en la aventura y no solo volver al ritmo de fantasía de The Fellowship of the Ring (Peter Jackson, 2001), mi favorita de la primera trilogía y no es por nada que esta segunda parte de The Hobbit se permita más de un guiño al film que lo inició todo, sino también triplicando el goce de la experiencia. Una vorágine visual que permite el volver a ser un niño que observa maravillado el despliegue fílmico, narrativo y la presencia de ese impresionante villano con clase (el tipo de personaje que siempre le resulta atractivo a este humilde servidor) que fascina desde la oratoria y su postura provocando una gran dosis de respeto y cariño hacia él. Todos queremos abrazarlo y el realismo visual hace que se crea posible hacerlo mientras un frío recorre nuestra piel como si fuera cubierta por las escamas del dragón y nos mantiene aferrados al asiento. Martin Freeman es otro que no se queda atrás y caracteriza a un muy querido, dinámico y gracioso Bilbo (Sherlock y Watson por siempre). Acción, drama y la construcción de personajes, al contrario de su predecesora, están perfectamente distribuidos logrando que nada esté de más en el relato, ni siquiera las historias agregadas de elfos y triángulos amorosos que no eran parte del libro de Tolkien. Todo se unifica con el fin de crear un relato épico y un poema de amor hacia el cine y la fantasía. El film deja la sensación que la próxima entrega no podrá superar lo ya vivido pero de todas formas se la aguarda con mucho interés. En pocas palabras, el gordo Jackson la hizo una vez más. Su lado nerdo, y el de muchos de nosotros, vibra con la fuerza de un rugido de dragón.

Por Nicolás Ponisio

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