★★★ (6/10)

Muy difícil para quien escribe pararse objetivamente ante una película con un mensaje tan directo y explícito sobre lo aleccionador de la religión. Principalmente se puede analizar la película desde la forma y el contenido. La forma es perfecta, el contenido quizás muestre menos de lo que se supone que está mostrando. El trabajo se da en torno a los contrastes y matices, entorno a lo cargado y a lo minimalista, dentro de esos dos ejes, los personajes interactúan de formas más o menos esquivas, siguiendo patrones casi prefabricados. La mayoría de los personajes no puede pensar por sí mismo, salvo a través de un dogma, una fe, un mandato divino o una ley científica. Es la década de 1920 y el psicoanálisis es la ciencia en auge hace varios años, por eso, el contraste funciona: religión vs ciencia. A mitad de camino se encuentra el milagro, que llegará a través de “la palabra”, acto creador por supremacía, según el director. De alguna forma, se nos transmite que hay una suerte de agujero negro incomprensible entre la razón y la fe, un espacio de interacción (casi cuántico), en donde ningún ser humano podrá ingresar jamás, a menos que se acepte como tal, es decir, como un ser inferior, o como un semidios terrenal (representado por el personaje de  Johannes, quién a través de la palabra, logra dar lugar a lo incomprensible en la Tierra).

Por Hernán Touzón

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *