★★★★  (8/10)

T.E. Lawrence o el mito viviente. La lucha de un hombre solo contra todos, que cree en un primer momento que el destino no está escrito, hasta que el destino escribe sobre su propio cuerpo. El desierto representa la soledad, pero también la potencialidad de una victoria. En realidad, el desierto no es un lugar vacío, sino limpio. Al recorrerlo, el hombre se purifica y toma conciencia de sí. Por ese motivo, el desierto no es únicamente soledad, sino humanismo y existencialismo. El hombre solitario se vuelve más y más grande a medida que el entorno se le vuelve cada vez más adverso. Y eso es justamente lo que le sucede a Lawrence de Arabia a lo largo de su batalla (y la del pueblo árabe). Lo que está constantemente en juego es la ética. A cada paso que avanza, Lawrence tendrá que luchar con los dos polos de un mismo escenario: puede hacer lo que está bien o lo que está mal. Está claro que en la guerra los límites de la ética pierden sentido, debido a que entran en juego factores más primitivos. Por ende, lo que le sucede a Lawrence es que muchas veces comete actos que son buenos y malos en simultáneo. En ese abismo se construye la idea del mito, del salvador que tendrá que anteponer fines a medios para llegar a donde desea. El costado existencial se puede apreciar claramente durante la primera mitad de la película, en donde, a largos trayectos por el desierto, surge la posibilidad de explotar (fotográficamente) el recurso de la distancia y el recorrido como una suerte de odisea interminable, en donde, el cuerpo avanza, pero también lo hace el espíritu. La última hora está centrada en la resolución de la “historia”, la ocupación bélica final y los tratados correspondientes. Pero queda claro que la película intenta explorar con mayor profundidad las cuestiones espirituales que las bélicas. Quizás lo más interesante de la película, sin embargo, sea la música. Y no es tan descabellado pensarlo de esa manera, ya que la música es una de las formas más avanzadas de hacer resonar el espíritu, y de acercarnos al mundo mítico.

Por Hernán Touzón

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