★★½  (5/10)

John Ford, en una de sus últimas películas, va en busca del mito fundacional, rememorando la historia de un héroe anónimo (John Wayne), justiciero implacable ya muerto y olvidado, arrastrado por las olas de la modernidad, el orden y el progreso. En el presente de la película, la ley y el orden ya se han establecido como la salvaguarda de los intereses de diferentes sectores sociales, ahora amparados por un Estado. James Stewart, como uno de los tantos representantes de ese Estado de Derecho vuelve a su ciudad natal (al oeste desértico en el que no crecen más que cactus, por supuesto), para despedir a John Wayne. En el funeral, los recuerdos (el mito), toman vida nuevamente, a través de un denso flashback, en el cual se narra el proceso de transición desde lo salvaje hacia lo consensuado, desde las armas hasta las votaciones democráticas, desde la barbarie a la civilización. Hay tres aristas de un triángulo que parecen mantener una contradicción constante, pero sin embargo, en algún punto son parte de un mismo universo: los buenos, los malos y los correctos. En ese triángulo se concentra la acción, cada parte representada por un actor (John Wayne, James Stewart y Lee Marvin como Liberty Valance). La fotografía en blanco y negro explota esta idea de incompatibilidad/compatibilidad de los opuestos, a través de un contraste marcado entre los tonos claros y  los tonos oscuros, que en determinados momentos tienden al gris, como forma de unificar ese universo. El problema de la película es que no emite pasión, se puede leer más como un testamento cinematográfico de un mito del western como John Ford, es decir, más como un encargo que como una obra personal.

Por Hernán Touzón

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