#534. The French Connection (William Friedkin, 1971)

★★★★★ (10/10)

The French Connection (1971)

 

El logo de 20th Century Fox pasa de un clásico blanco y negro al colorido amarillo que ya a todos les es familiar. El cine de ayer y hoy convive en una frenética intriga criminal llamada The French Connection. Siempre funcionando en varios aspectos como contraste, opuestos que trabajan a la par, como lo hacen los investigadores Popeye Doyle y Buddy Russo (Gene “Luthor” Hackman y Roy “Shark” Scheider), ofreciendo una obra con pulso destructivo. Evidencia de ello es la disposición del relato. En su primera mitad se establece a la dupla protágonica, su némesis (aplausos para Fernando Rey) y el proceso operativo que llevan a cabo meticulosamente los agentes de la ley. Totalmente diferente será la segunda mitad en la que predomina el caos y la acción que, como se comenzó a hacer en los setenta, describía una Nueva York sucia, dura y desenfrenada. El contraste es exteriorizado también por el personaje de Hackman, un policía tosco, arrebatado, ruidoso (Brooklyn) y el del villano francés Charnier quien es tranquilo, con clase, sutil (Marsella). El director de The Exorcist logra lo opuesto a lo visto en thrillers y films noir precedentes que, gracias a una estilización de la fotografía, la ciudad no dejaba de resultar bella y casi perfecta por más cruel que fuera. En el caso del film de Friedkin, esa estética sucia, ruidosa (bah, metropolitana), se consigue por medio del realismo captado por el director de fotografía Owen Roizman y la utilización agitada y efectiva de la cámara en mano. Le brinda su costado documental y lo complementa con una edición ágil en la que muchos de los planos no llegan ni al minuto de duración. Estos recursos, la mayoría propios de la época, se afianzan con un elemento del cine “primitivo”: La ausencia de diálogos. Los personajes dicen poco y nada, quienes hablan por ellos son los ruidos urbanos, el sonido ambiente y muy de vez en cuando la banda sonora de Don Ellis. La película no requiere que los personajes hablen, las imágenes por sí solas transmiten sus intereses, sus frustraciones (sobre todo las de Popeye) e incluso la astucia y malicia de los narcotraficantes buscados. Las secuencias de acción (especialmente la persecución en la que Popeye persigue en auto a un tren sin destino) parecen sostener al film con pura adrenalina, dejando un poco de lado a la historia ya que lo que realmente importa son sus (re)acciones. Friedkin une dos caras del mismo cine, reivindica la interpretación de imagen y le deja el resto a la cámara y la tensión generada. Un saludo con la mano y no hace falta decir más nada.

Por Nicolás Ponisio

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