#816. King of New York (Abel Ferrara, 1990)

★★★★ (8/10)

King of New York (1990)

Poesía de cinema y violencia. Al capo mafia Frank White (Christopher Walken) se lo puede ver exaltado, bailando frenéticamente con gracia y ese frenesí también hierve en su sangre a la hora de saldar cuentas o marcar su territorio. Pero también se lo ve consternado, dubitativo, incluso benevolente y caritativo. En esa Nueva York de los noventa no hay lugar para los extremos, blancos o negros (más allá del casting), buenos y malos. La ambigüedad habita los alrededores de la gran manzana, transitando sus calles (increíblemente fotografiadas con un tono azul que vicia mucho más el ambiente), creando un imperio. Detrás de la fachada de una simple trama de mafia versus policías, en la que la violencia desmedida sabe aparecer solo cuando el relato la requiere, se esconde el trasfondo de la figura que se impone como rey de la ciudad y todos temen. Ese trasfondo es llevado al público paulatinamente con el desarrollo del relato. Si bien al comienzo solo parece que White se despacha violentamente a sus contrincantes, lo que parece solo una búsqueda de poder se va revelando como una mayor fuerza que domina sus impulsos. Se denota al querer postularse como alcalde, al ir el mismo a hacer los trabajos sucios, al darle dinero a unos asaltantes en el subte o al intervenir ayudando financieramente un hospital. White mancha las calles con sangre e irónicamente a la vez las limpia. Porque el ama esa ciudad que lo vio crecer y convertirse en la figura de respeto que es, porque la forma en la que actúan sus perseguidores es tan sucia como sus tratos con narcotraficantes, porque quizás su proceder no es el correcto pero intenta convertir su mundo en uno mejor. Incluso si eso conlleva estrellar su propio imperio. Esa ciudad le pertenece y él a ella y solo la dejará ir con un último suspiro, pero no antes de llevarse unos cuantos consigo. Buscó el bien por su ciudad y ella en un último acto de superación comprende que no encontrará su paz si no deja ir a su máximo amigo, a su amante y defensor. Hay parejas que por más que se amen solo logran autodestruirse, es entonces cuando uno de los dos comprende que debe abandonar al otro. En este caso, con un último beso rojo pasión.

Por Nicolás Ponisio

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