★★★★½ (9/10)

El título “Un condenado a muerte se ha escapado” no es arbitrario. El hecho de adelantar el final o la resolución de la historia no implica que se nos esté adelantando algo importante (imposible no mencionar a Bertolt Brecht en ese aspecto). Lo fundamental, en definitiva, no es la resolución, sino el proceso que lleva a esa resolución. Las herramientas que el prisionero forja, los diagramas de los que se sirve, los consejos y alertas que recibe de sus compañeros, son algunos de los elementos que convierten a Fontaine (el protagonista) en una suerte de Robinson Crusoe moderno. Todo está centrado en los detalles: convertir una cuchara en un cincel para romper la puerta de la celda, utilizar camisas y mantas para construir una soga, y hasta una plancha metalica y alambre para fabricar un gancho, todos objetos que le permitirán escapar. Durante los 100 minutos de duración de la película, y a través de distintos recursos temporales, el director logra que nosotros como espectadores también estemos encerrados en la celda, y el tedio del encierro se nos presenta en su total magnitud, a la vez que, regularmente, se oyen disparos que corresponden a ejecuciones de otros prisioneros. Toda esta situación va aumentando la tensión hacia el final, en donde Fontaine tendrá que arriesgar su vida para poder salvarse. En ese hecho radica la paradoja de la película.

Por Hernán Touzón

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