#861. Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993)

#861. Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993)★★½ (9/10)

Si había alguien que podía lograr el milagro de hacer que los dinosaurios volvieran a recorrer la Tierra ese era Steven Spielberg. El director de E.T. no solo logra uno de los mayores tanques hollywoodenses de los noventa, y sí que se ha mandado muchos, sino que también realiza un llamado de conciencia. El abuso de la naturaleza y la exposición de animales como entretenimiento son aquellos planteos éticos que el film se permite sin por ello perder el fin de entretener o adaptando la trama a un esqueleto discursivo. Se desprende naturalmente, alternándose entre las escenas de acción, la comicidad y el drama interno de los personajes (sobre todo los de Sam Neill y Richard Attenborough) sin resultar atropellado o quizás perdiendo el rumbo desconociendo que camino tomar. Si ocurriese de seguro el film no estaría siendo dirigido por uno de los mayores y más imaginativos narradores del séptimo arte, terminando el viaje con un Dilophosaurus (dinosaurio escupe ácido) por copiloto. El mensaje claramente está allí y reside en el público optar por darle importancia o no y disfrutar de todas formas del recorrido. Hablo en términos “turísticos” dado que Jurassic Park es un viaje que rompe todas las barreras. A veinte años de su estreno su debate moral continúa vigente, mismo aplicándose a la realidad de hoy en día, y su aspecto técnico (los dinosaurios, tanto los digitales como los robóticos creados por Stan Winston, son de una perfección única en su especie) deslumbra al extremo de lograr que nuestras pupilas se muevan fréneticas, temblando al igual que el agua con el retumbar de los pasos del tiranosaurio Rex. Ese clásico momento del film reúne dos grandes pasiones de Spielberg: El placer por contar y por las imágenes. No se necesitan diálogos, solo la capacidad de narrar a través de la cámara. Es por eso que gracias a ella, y a la eficacia con la que es utilizada, el film puede transformarse en uno de terror con los acercamientos adecuados al peligro que representan las criaturas o las tomas de los rostros de los protagonistas en un final en el que no caben palabras. La única que habla es la cámara ayudada más que nada a poner énfasis con la música de John Williams. Como dice el matemático Ian Malcolm (Jeff Goldblum) la vida siempre se abre camino y Spielberg logra lo mismo a través de las colosales puertas del cine.
Por Nicolás Ponisio

 

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