#631. Suspiria (Dario Argento, 1977)

#631. Suspiria (Dario Argento, 1977) (6/10) 

Argento realiza un film. Argento explota al máximo los recursos técnicos. Argento se queda corto de ideas en cuanto a guión. Argento cumple y defrauda a la vez. Puede gustar o no pero lo que uno no puede hacer es permanecer indiferente ante Suspiria, un film sobrecargado en todos los sentidos. La fotografía, desde la primera escena, está plagada más que nada por tonos azulados y rojizos, siendo estos últimos los más saturados (al igual que lo serán los litros de sangre de las víctimas). A ésto se le suma el estridente y gutural soundtrack de la banda de rock progresivo Goblin que acompaña a una joven Jessica Harper a través de pasillos interminables, quebraduras de cristales caleidoscópicos y alargadas sombras amorfas. Todo un conjunto de elementos estéticos que convierten el visionado en una experiencia onírica y que hace a la academia de danza (escenario principal de la trama) la verdadera protagonista del film. Si les dijeron que el rol protagónico era de Harper les mintieron. Ya desde sus provocadores minutos iniciales, Argento crea una atmósfera bella y puramente terrorífica antes jamás lograda. Un ejemplo, expresando el ideal de los surrealistas, de que el cine puede existir tranquilamente haciendo uso de los elementos visuales y sin contar necesariamente con actuaciones o una historia. Obviamente ambos mundos (el surreal y el narrativo) pueden unificarse y crear excelentes obras. Gran parte del trabajo fílmico de David Lynch es un buen ejemplo de ello. Pero se precisa contar con la destreza y las ganas para que ambos elementos funcionen de igual manera a la perfección. En este caso no ocurre y es el trabajo narrativo el que sale perdiendo. Con esto no se quiere decir que Argento no sepa contar historias, L’Uccello Dalle Piume di Cristallo y Profondo Rosso son grandes ejemplos de su talento. Pero en el caso de Suspiria cuenta con una trama que promete más de lo que ofrece al comienzo y que solo se encamina de a poco hacia un final apresurado y poco creíble. Pasa de lo irreal a lo ridículo, desaprovechando el gran trabajo artístico que elaboraba y haciendo que se termine saturando como si de sus tonos rojos se tratase. Por último podemos recordar esos buenos climas logrados y a la vez suspir(i)amos con alivio que haya terminado.
Por Nicolás Ponisio

 

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