#890. Toy Story (John Lasseter, 1995)

★★★★½ (9/10)

De chico tenía un viejo canasto repleto de juguetes. Figuras de acción de Batman, personajes de Disney, los cazafantasmas y una variada colección de guerreros con armamentos que a la hora de jugar serían los lacayos del villano de turno. Al estar con ellos iría improvisando una historia, caracterizaría a cada personaje con sus voces e imaginaría las acciones encuadradas por una cámara invisible. Ante mí y la filmación invisible esos juguetes cobraban vida. El acercamiento y amor al cine también. Por eso, cuando se trata de Toy Story, es tan fácil de creer que los personajes viven. Para los niños que de por sí viven casi a diario esa experiencia (o vivían ya que el mundo virtual se impuso al divertimento tridimensional de los muñecos) y también para el adulto que lo vivió.

El primer largometraje totalmente animado digitalmente, y sus dos secuelas también, tendría como principal objetivo apelar a la nostalgia.  En primer lugar acercándose a esa ilusión de muñecos con vida que muchos experimentamos y que acá es reforzada por las vívidas expresiones de los personajes “de plástico”.  Una animación que comparada con los efectos de hoy en día parece mucho más rústica, pero sin embargo los dota de mayor expresividad que la que tienen muchos actores de carne y hueso (llamando a Sebastián Estevanez). Y en segundo lugar a través de ese encuentro/enfrentamiento entre lo clásico y lo moderno simbolizado por el cowboy Woody y el astronauta Buzz Lightyear… ¿acaso el cine de John Ford contra el de Ridley Scott o la animación tradicional de Disney con la animación digital de una Pixar en crecimiento?

Sea como sea, a medida que avanza esa lucha entre lo viejo y lo nuevo, con varias referencias clásicas de por medio como el juego que emula la muerte del personaje de John Hurt en Alien (Ridley Scott, 1979) o Woody diciendo “no hay lugar como el hogar” como lo hacía Dorothy chocando sus talones en The Wizard of Oz (Victor Fleming, 1939), se logra afianzar la relación. Woody y Buzz se hacen amigos. La rivalidad se vuelve ridícula y más cuando se pone a un tipo de cine por encima del otro. Los tiempos cambian y hay cosas que nos pueden molestar en ambos pero lo que no cambia es el fin de entretenernos. Las imágenes comienzan a moverse y viven captadas por el ojo al igual que de chico lo hacían los juguetes de ese viejo canasto.

Por Nicolás Ponisio

 

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