#365. Peeping Tom (Michael Powell, 1960)

★★★★(8/10)

La cámara utilizada como arma asesina y la cinefilia como víctima y creadora de monstruos a la vez. Michael Powell entiende el cine y a través del mismo revela su lado más oscuro. Mark Lewis (Carl Boehm) es un camárografo que en sus ratos libres filma como asesina prostitutas con su cámara y la extensión filosa de su trípode. En más de un sentido Powell nos convierte en Mark. No solo gracias al, por ese entonces, innovador punto de vista subjetivo de la cámara con el cual somos obligados a ocupar el lugar del asesino, sino también al mórbido deseo de presenciar el crimen. Ese oscuro objeto del deseo vouyerístico. Observar da placer y aún más si se trata de algo prohibido. Las múltiples funciones o niveles de interpretación que tiene la cámara cinematográfica en manos de Powell asusta más que el peor de los asesinos. Su protagonista al filmar y editar las muertes en cierta forma ficcionaliza el crimen. Esa búsqueda del miedo a través de la imagen es puro placer para él… así como para nosotros cuando vemos un film de terror buscamos asustarnos banalizando el hecho en pos del disfrute. El miedo se desfigura al igual que las víctimas de Mark observando su propio rostro antes de morir. Más interesante aún resulta que la némesis de Mark, la persona que lo “ve” como realmente es y que lo enfrenta es una mujer ciega que a la vez es su igual. Ambos poseen impedimientos, Mark solo logra ver realmente a través de su cámara y la impotencia sexual solo es eliminada penetrando la anatomía femenina con su arma fálica. Explorar la psiquis y ponerse en el lugar del asesino era una idea de moda en los sesenta ya que el mismo año se estrenaba Psycho de Alfred Hitchcock. Lo que diferencia a Peeping Tom de la obra de Hitchcock es justamente la ausencia de suspenso. Sabemos quién es el asesino, conocemos sus pasos a seguir y su inevitable conclusión. La pregunta es si lo sabemos debido a una estructura narrativa que no opta por el suspenso o porque llegamos a tal punto de identificación con el cinéfilo macabro que es imposible separar ficción de realidad y conocemos nuestro final. Distorsión de la cámara… reflejo de nuestro placer.

Por Nicolás Ponisio

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