#78. King Kong (Ernest B. Schoedsack/Merian C. Cooper, 1933)

★★★★  (8/10)

El público se reúne en la sala. Ocupan sus butacas preparados para atestiguar algo nuevo. El telón se abre y las miradas de los espectadores se encuentran con algo que supera lo imaginable. Maravillados y espantados a la vez no tardan, algunos de ellos, en correr hacia la salida. Esta situación corresponde a la emblemática escena en la que King Kong es presentado comercialmente en un teatro de Nueva York pero bien podría tratarse de la proyección de la llegada del tren a la estación, uno de los primeros films de los hermanos Lumière que generó dicho asombro cuando el inocente público creyó que el tren se dirigía hacia ellos. Mientras que el realismo filmado por los Lumière era lo que sorprendía a los espectadores, en el caso de King Kong la sorpresa para quien la ve es la animación cuadro por cuadro (o stop motion) creada por Willis O’Brien. Las criaturas de O’Brien serían unas de las pioneras en este tipo de animación y las que abrieron el camino hacia el trabajo del gran Ray Harryhausen (quien fue alumno de O’Brien). En vez de “realismo filmado” lo que tenemos en Kong es pura artificialidad y en ello reside su mística y atractivo. Mientras que en las producciones de hoy en día no podemos (ni nos gusta) pensar en monstruos que no sean realizados por CGI (o podríamos llamarlo el artificio en pos de lo real), en el film de 1933 es la artesanía lo que deslumbra. Los movimientos mecánicos y poco naturales no funcionan como una lejanía entre el espectador y la obra. Sino que contextualizan más al género y sobre todo al tiempo. Claramente sin films como éste no habría Godzilla, Pacific Rim o cine catástrofe. Fue un impulsor de géneros incluyendo el stop motion el cual necesitaba tener estos primeros pasos (y algunos tropezones) para llegar a lo que es hoy en día. Será tosco, será antiguo, será prehistórico pero también es aventura, es violencia, es diversión, es cine… y es Kong.
Por Nicolás Ponisio 

 

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