★★★★ (8/10)

El cine siempre ha sido conocido, y muchas veces atacado, por ser el arte del engaño, el creador en masa de grandes mentiras. Méliès seguramente haya sido el primero en saber explotar de manera eficiente el recurso de la mentira a través de la ilusión creada por el montaje. Y a pesar de definirse al cine como el primer medio en lograr captar de forma directa la realidad, pronto cayó en el uso de la narrativa y ya la realidad no era tal. La atención, el atractivo principal del cine dejaron de ser las imágenes en movimiento y la importancia recayó en contar una historia y en la interacción entre personajes. Ya no se observaban las imágenes en sí, la belleza captada naturalmente sino todo lo contrario. El artificio había encontrado su lugar en la pantalla. Ahora éramos espectadores de las imágenes en función de la historia y eso hace que muchas veces no se filme algo que es bello sino que se filme algo para hacerlo bello. Es en este punto donde nos encontramos con Thomas (David Hemmings), protagonista de Blow Up. Este personaje se encuentra viviendo en un mundo del engaño desde el primer momento en el que lo conocemos. Luciendo harapos, con una apariencia desalineada y sucia para inmiscuirse entre los trabajadores de una fábrica y captar con el lente de su cámara la vida laboral de estos hombres. Por otro lado tenemos su estudio de fotografía. El sancta sanctorum del artificio. Por él desfilan cantidad de mujeres estrafalarias, excéntricas y sobre todo… autómatas. Unas mujeres que no escuchan ni hablan y que solo logran moverse con poca gracia y sostener un rostro inexpresivo frente a la cámara. De la búsqueda de crear arte se termina encontrando algo más, lo no visto (Thomas realiza fotografías en un parque para un libro y sin saberlo registra un asesinato). Extrae un aspecto interior de la imagen tomada y lo exterioriza, por medio de la ampliación, haciendo recaer en él la importancia del relato. Pero un relato que no se da a partir de la actuación de los intérpretes o de los diversos elementos que conforman la puesta en escena. Sino por uno que es concebido por una secuencia de imágenes que explican el crimen cometido en el parque. En dicho momento las palabras, el uso de la banda sonora o el uso de intértitulos no son necesarios. Todo es explicado por medio de imágenes en movimiento (primeros planos de las fotografías que adquieren sentido y sentido de movilidad gracias al montaje). En pocas palabras: el cine llevado a sus inicios.

Por Nicolás Ponisio

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